EL ULTIMO CIGARRILLO QUE LA VIDA ME DEJO FUMAR!!!
Alguna vez un muy buen amigo me pregunto “¿Cuándo le vas a cobrar a la vida lo que has invertido?” y mi respuesta fue “Algún día”. Pues es curioso como uno llega a pensar que la vida te debe algo y más curioso aun el hecho de estar casi totalmente convencido de que en un momento especifico la vida te esta retribuyendo lo que a tu parecer invertiste y a veces en demasía al vivirla.
Lo cierto es que la vida no te debe nada, o mejor dicho no me debe nada. Ya desde hace muchos años he venido experimentando desatinos, desavenencias y desaires de parte de todas las personas y de todas las situaciones con las cuales he vivido… y en verdad ya me siento cansado de tanto creer y dar de mi vida y de mi amor y simplemente terminar como un perro al costado del camino, o algo que nadie quiere ni siquiera ver y menos admitir que existe.
Es curioso como el amor ha pasado en mi vida, como encender el ultimo cigarrillo que empieza con una flama que lo quema todo y hace que el tabaco se encienda junto con el papel y a cada suspiro se sienta el suave placer del humo consumido, que aunque sabes que te hará daño eventualmente, no paras de aspirarlo hasta que queda el último tramo de cigarrillo con el cual das el último suspiro, saboreas el último aliento con sabor amargo y tienes que dejarlo ir para apagarlo, si no es por tus propias manos, dejar que se extinga y luego ya no hay mas, y viene la angustia de querer encender uno más, pero sabes que ya no hay mas y que aun cuando quieras prender la colilla que yace en el piso o al filo del cenicero, lo único que queda es ceniza y restos que no se pueden encender ya mas. Y lo peor de todo es que aquella persona que te facilito el cigarrillo ya no está, se fue, y no hay persona o ser alguno que te quite el deseo y la insatisfacción de ya no poder fumar mas… aun cuando sabes que un cigarrillo te hará potencialmente mal o te matará.
Y eso es lo que me paso hace muy poco, sentí que la vida me debía mucho por haber (según mi estúpido pensamiento) hecho mucho por la vida y por otras personas. Y se presento esta mujer, tan tentadora como un cigarrillo para aquellos que nos gusta fumar, y justo en el momento en que necesitaba de uno. No se si fue ella o el amor mismo, pero creo que me enamore de ella y deje que el amor se encendiera en mi como si fuese aquel cerillo que prendía el cigarrillo.
La empecé a disfrutar a cada suspiro, puse todo mi aliento en saborear su delicadeza, su intensidad, su frescura al momento de exhalar y su amargura antes de la siguiente bocanada, a cada instante en que saboreaba sus dulces labios como si tocara el final del cigarrillo con los míos y probaba su cuerpo caliente al aspirar el humo de su pasión, sentía como aquel humo ingresaba por mi boca y con un sabor exótico, mezcla de amargura y placer, dulzura y delicadeza, así la tomaba cada día en que ambos nos uníamos en una comunión de amor y pasión, exceso y lujuria, dolor y placer.
Pero desafortunadamente llego el momento en que el cigarrillo se empezó a acabar, ya no podía fumar de el sin la sensación de pérdida al alcance de mis labios, sin aspirar y sentir que el calor del fuego de su amor me quemaba cada vez mas y el sentimiento de que ya se iba a terminar y que nadie iba a poder reponer aquel cigarro de nuestro amor nuevamente.
Llego el día en que se apagó, quizás fui yo el que deje que se apagara (pero como podía evitar que se extinga la llama y llegue al pucho y se acabe!). Repito que no se si fue el amor o fue ella la que causo ese evento, pero al final, un buen día, en un buen momento en que todo parecía simplemente efímero y ufano, en que las cosas parecen no suceder y en que los objetos y la gente parece no moverse, tuve que ver como el amor que ella había profesado tan intensa y sentimentalmente hacia mí, se extinguía como un cigarrillo al borde del cenicero o al filo de la vereda. Yo no quería que se extinga, lo sople para que siguiera prendido, lo aspire una vez más, y lo único que quedaba medio encendido fue el filtro, lo cual dejaba un sabor amargo en mi boca y un olor solo comparable a el olor de la carne humana siendo quemada en una hoguera.
Busque a mi alrededor por alguien que me dijera que hacer, tenía tantas ansias de sentir el calor del humo entrando por mis fauces una vez más, pero no había nadie que pudiese darme una idea. Grité, lloré, rasguñé, escupí, maldije, y todo lo que obtuve fueron ecos en el viento que no decían nada más que necedades y vanos comentarios. Busque a la gente que me alcanzo la flama para prender el cigarrillo de mi amor por esa mujer, pero ya no estaban, se fueron, o quizás siguen allí preocupados en sus propios cigarrillos y en su propia manera de ver como perpetuar aquel sentimiento. Quizás algunos tiene cigarros, más largos que el mío, o de mas cantidad, o tiene pipas en donde renuevan el tabaco justo antes de que se extinga, y jamás dejan de sentir el calor del humo en su interior… no lo sé en verdad.
La verdad es que mi cigarrillo se extinguió, no solo se apago, dejo de ser, tuve que dejar la colilla de aquel cigarro justo donde deje mis lágrimas y mi dolor, al lado de la alcantarilla, esperando a que llueva y se lleve todo aquello.
Quiero volver a prender un cigarrillo, (aunque no se en realidad si el cigarrillo fue ella o fue el amor que le tenía), quiero volver a inhalar el humo del tabaco mezclado con mi melancolía y puesto sobre el sabor del desdén que me da la vida, pero ya no quiero sentir la ausencia que me deja el dejarlo extinguirse justo frente a mis ojos… Y entonces vuelvo en mi, vuelvo a pensar y llego a la conclusión de que la vida no me debe nada, fui yo mismo el que se dejo embaucar, fui yo mismo el que dejo que lo tratasen como despojo humano, fui yo mismo el que se elevo por encima de las águilas hasta mas allá del horizonte y creí que la vida me estaba dando una segunda oportunidad. Fui meramente yo, aquel ser a quien todos tienen por simple mortal o apoyo sentimental. Quien se dejo defraudar y maldijo a los cuatro vientos sin entender que solamente yo estaba maldito y que nada me devolvería todo lo que perdí.
Ya no voy a volver a sentir el humo del cigarrillo aquel que prendí un día de invierno y que invadió hasta lo más incólume de mi ser, ya se extinguió. Si fue ella o el amor que sentí por ella, jamás lo tendré claro. Ya no volveré a recibir la flama de aquellos que me la ofrecieron porque ellos tienen su propia forma de encender y conservar el calor y el humo de sus cigarrillos y hasta de sus pipas. Ya no volveré a probar el suave y amargo placer de fumar aquel cigarrillo que supe que me iba a matar, pero que no lo hizo a tiempo y ahora me deja morir sin poder saborearlo una vez más.
Solo me queda mi memoria, a ese respecto. La memoria de lo vivido y de lo sentido, la memoria que cada noche antes de dormir o justo al despertarme me hace sentir el delicado aroma del humo de ella o del amor del cigarrillo o ambas cosas o ninguna… no lo sé.
Quizás vuelva a fumar, quizás sea otro cigarrillo, o quizás encuentre un cigarro o mejor aun una pipa, cualquiera que sea, se que al final me va a matar de una u otra manera. Pero jamás olvidaré como fue que este ultimo cigarrillo se encendió ante mis ojos tan rápido que su esencia quedo impregnada en mis dedos y lo fume tan exquisitamente que recuerdo cada una de las bocanadas y exhalo que le di, pero que se acabo de forma tan inexplicable como violenta que aun ahora no entiendo porque tuve que dejarlo ir.
Solo me queda el amor filia. De aquella persona que me amará aunque pasen los años y yo también me extinga como otro cigarrillo mas, y ese amor, aunque no me devolverá todo el amor que perdí en aquella mujer, me dará el aliento para seguir tratando de buscar otro cigarrillo que fumar.